El tesoro de la Villa

 


 

Algunos de mis compañeros y maestros me han pedido que dijera algunas palabras...

¿Qué decir, por qué decirlo, cómo decirlo?... sin que sean un montón de palabras vacías, aburridas, que cumplan solamente con la formalidad...

Ellos no lo merecen, Villa García no lo merece, ustedes no lo merecen.

¿Pero por qué me eligieron a mi?

La respuesta es simple.... ¡porque soy la Villa!

Les voy a explicar por qué soy la Villa, por qué soy la Escuela de Villa García.

Hace 44 años, pisé por primera vez con una gran moña azul, una túnica blanca impecable y un enorme cerquillo, esa vieja galería, esos salones,... a algunos de ellos ayude a construirlos con mis propias manos, poco tiempo después. Estaba de la mano de mi madre, una de las maestras de primero, y de mi hermano mayor, que estaba en sexto.

Unos años más tarde... hace 34, ya en liceo, deje la Villa para seguir adelante en la vida... Seguir adelante.... seguir adelante en la vida sin la Villa...

Que error de concepto.... como si se pudiera dejar la Villa atrás... como si ella fuera el primer casillero de una rayuela dibujada en el patio.

Pero en realidad todo comenzó unos años antes de mi llegada, en este mismo lugar, donde había muchas quintas, unas pocas casas y un camino que te lleva de Montevideo a Melo y viceversa.

Resulta que unos hombres hicieron un ladrillo, como cualquier otro, con tierra y agua. Pero ellos no sabían que esa tierra que estaban usando tenía propiedades únicas.

Usaron el ladrillo para construir una escuela pública al costado de ese camino, frente a la plaza y la iglesia.

A medida que han pasado los años, el ladrillo ha logrado armar un equipo muy especial, junto a las puertas, las ventanas, los bancos, los pizarrones, las bibliotecas y los otros ladrillos.

Hace muchas décadas que él y su equipo trabajan juntos en forma incansable, callados, humildes. Soportando el viento, la lluvia, el sol, en otoño, invierno, primavera y verano. Y aunque suene increíble hacen que toda esta Escuela este viva.

A su lado han pasado muchas personas y de verlos y escucharlos, el ladrillo comenzó vivir y crecer como el resto de la escuela.

Ha visto maestros, profesores, directores, madres, padres, políticos, jugadores de fútbol, cantantes, novias, novios, quinteros, doctores y lo más importante ¡miles de niños!

 
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Carta leida por José Bebe Prieto, como representante de los exalumnos en el Acto de cierre del Centenario de la escuela, Noviembre 2008.


 

 
 

Vio que cuando llegan por primera vez a la escuela, ellos están llenos de miedos, dudas, caprichos, tristezas…y casi todos lloran...o por lo menos tienen ganas de hacerlo. Y cuando se van, ya no tan niños, ni tan hombres, también lloran...pero de felicidad y agradecimiento.

A lo largo del tiempo las personas han venido y se han ido, han crecido, envejecido, han cambiado, se han juntado, se han separado.

Y el ladrillo también ha envejecido, pero se ha dado cuenta que siempre hay otros junto a él. En cada rincón, en cada pared, en cada baldosa, él y su equipo han juntado y guardado cuidadosamente cosas maravillosas, ¡únicas!.. Cosas que sacaron secretamente a cada uno de los que han pasado por esta Escuela.

En forma invisible sin que nadie se diera cuenta, se llenaron de lo mejor de los hombres: conocimientos, sensibilidad, compañerismo, amistad, juegos, amor, respeto, solidaridad, trabajo, dignidad y lo han transformado en un gran tesoro.

Cada año ese equipo de la escuela lo entrega nuevamente, a todos los que pasamos por ella, a cambio de recibir lo mejor de cada uno... sólo eso, lo mejor de cada uno…ni más ni menos!

A mí también me lo dieron, me lo incrustaron hasta lo más profundo de mí.

Yo soy todos los olores de la cocina, soy todos los recreos con música, soy cada planta que cultivamos en la huerta, soy cada túnica que hicimos para un compañero, soy cada juguete armado en el semi internado, soy cada plato de comida que compartimos, soy cada niño, cada adulto.

Soy todas las Marías, Beatrices, Gladys, Anas, Teresas, Normas, Almas, Carlos, Josés, Juanes, Pedros, Luises, Pablos, Gustavos y la interminable lista de hombres y mujeres que hicieron que la Escuela de Villa García fuese una realidad y lo siga siendo desde hace 100 años.

La Villa se metió dentro de mí para no irse nunca más, al igual que dentro de ustedes. Porque muchos somos Villa García, los que estamos hoy acá, los que ya no están, los que nos escucharán o nos verán en unos días desde Estocolmo, Nueva York, Sidney o Madrid.

¿Y saben qué...?
Me he dado cuenta que nunca dejé Villa García,...
que nunca podremos abandonar Villa Gracia,...
que nunca nos soltará,...
que nunca nos dejará de enseñar, de querernos, de recibirnos.
Porque se me metió en mí médula, en mis huesos.

Nos atrapó para siempre, nos hizo su propia historia. Se transformó en cada uno de nosotros y cada uno de nosotros nos transformamos en Villa García.

Todos los que hemos pasado y pasamos por acá somos tocados por esa varita mágica. Ese tesoro guardado por el ladrillo y su equipo.

El tesoro del compañerismo, del cariño, de la entrega absoluta de hombres y mujeres comprometidos con nuestros legados.

 

Comprometidos con:
Sean los Orientales tan ilustrados como valientes
Comprometidos con:
Nada podemos esperar a no ser de nosotros mismos
Comprometidos con:
Mi autoridad cesa ante vuestra presencia soberana

Sin ningún lugar a dudas Villa García es uno de los lugares de nuestro país donde estos pensamientos se han llevado adelante hasta las últimas consecuencias.

Donde se trabajó y trabaja: Por un niño responsable para un hombre libre.

Y recordemos que Responsable: Es una persona que pone cuidado y atención en lo que hace o decide. Y que, Libre: Es quien tiene la facultad para obrar o no obrar.

Los hombres y mujeres de la Villa, somos responsables porque hemos decidido con cuidado y atención.
Y somos libres porque quienes nos educaron, maestros, madres y padres, lo eran, lo son, y hemos obrado usando esa facultad.

En muchas reuniones, últimamente, he escuchado mencionar la “Experiencia de Villa García”, refiriéndose al período que transcurrió en la década del 60 y principios de los 70 en esta escuela. Yo la viví, y cabe aclarar que fue una experiencia y no un experimento como algunos creen.

La experiencia: es el conocimiento de la vida adquirido por las circunstancias o situaciones vividas. Y también la práctica prolongada que proporciona conocimiento o habilidad para hacer algo.

Eso es la escuela de Villa García... conocimiento, habilidades adquiridas por circunstancias que siguen ahí, necesidades que siguen ahí, ganas que siguen ahí. Práctica de ideas, conceptos y sentimientos que nunca la abandonarán ni podremos abandonar. Porque son parte de ella, son el tesoro del ladrillo y su equipo.

Por todo esto y mucho más, que otros les pueden contar, aseguro: ¡soy la Villa!

Para terminar sólo me falta aclarar que ¡No soy un ex alumno! ¡Hoy la escuela me ha enseñado nuevamente que se puede, que podemos, que seguimos siendo alumnos, que nos sigue queriendo, que nunca la dejaremos, que somos Villa García.

En nombre de todos debo  repetir las gracias... no sin antes robarle una palabras a José Pedro: “... díganle a la vida que la vivimos sin treguasy la seguiremos viviendo...

Muchas gracias.

 
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